Tienes que volver

Tienes que volver Ramiro, tienes que volver

Ahora sí, Ramiro la ve y la reconoce; la ve. A empujones y a la fuerza, se abre paso entre los compañeros. Da un salto y baja de las alturas del vagón, deja ser por un momento un soldado y vuelve a ser él, republicano, contrabandista, cuerdo y cabal. Sin saber qué hacer ni qué decir, la abraza como sólo alguien que se teme lo peor puede abrazar. Todo lo entrega en ese abrazo y en ese abrazo todo lo recibe. Pero el tren, todo estruendo, avanza unos centímetros que apenas son eso: un puñado de centímetros, pero más que suficientes. Los soldados deben regresar a las alturas, a los vagones, a sus destinos. Helena le enseña la alianza que le ha dado el boticario. «Tienes que volver, Ramiro, tienes que volver». «Él parece entender y asiente, pero ya se está yendo. Ella no dice ya más porque no sabe cómo, porque no puede, porque ya no le oye. El tren, ahora sí, avanza sin demora, avanza, avanza, avanza. «Tienes que volver, Ramiro, tienes que volver».

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