La última cena
Tras la cena, el café; tras el café, la cuenta. «¿Eres de los que marchan mañana?», preguntó el mesero. «¿Se nota?». «¿Banderín de enganche o paso al frente?». «Paso al frente», respondió sin sorprenderle que el alistamiento forzado a la campaña rusa fuera cosa pública. Tras una mueca más de dolor que de complicidad, el mesero zanjó el asunto. «Estamos en paz pues, invita la casa». Ante la sorpresa, el recado, porque nada es gratis ni pasa porque sí. «Se te ve cuerdo y cabal. Mi rapaz también marcha mañana, él por banderín de enganche. Es un bala perdida que no sabe de la misa la media. Se llama Pello. Una cicatriz le parte la cara por la derecha. Échale una mano si puedes y volved enteros». Sin más decir, torció el gesto con una mueca más de dolor que otra cosa y pasó a otra mesa, a otros militares que esperaban su café, tal vez su último café decente, a darles, seguramente, el mismo recado. «Se llama Pello, una cicatriz le parte la cara por la derecha. Es un bala perdida, échale un cabo, volved enteros».