LA CARTA DE HELENA

«¿Ramiro Figueroa?», nadie responde. «¿Ramiro Figueroa?», es Andrés quien responde y quien hace que Ramiro reaccione. Entonces Ramiro se reconoce en el nombre, se alza y se acerca por su carta. Cuando el cartero ya marcha con su bicicleta y sus alforjas, Ramiro sigue dándole vueltas al sobre. «¿Es que no la piensas abrir?». «Sí, sí, claro que sí». Pero no, no la abre, no de momento, no hasta que llegue la noche cerrada, no hasta que todo el mundo ya duerma, no hasta que en el patio de la escuela quede un fuego huérfano en un bidón y un par de centinelas haciendo la ronda por el exterior del recinto.

Es entonces cuando Ramiro contempla la carta con cierta emoción mal contenida. El sobre amarillea, no pesa nada, no huele a nada, pero reconocer la caligrafía de Helena es estimulante. Helena no es de mucho escribir.

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